Hoy le toca el turno, en mi primera toma de contacto, a la cervecera Eschenbacher, fundada en 1750, con fábrica en Eltmann, Baja Franconia. La familia wagner ha estado al frente durante ocho generaciones, pero en 2018 fue adquirida por la Gräfliche Brauhaus Arcobrau. En la actualidad cuentan con ocho referencias en su catálogo.
Al turrón. La elejida para la ocasión ha sido la Kellerbier de la casa. La sirvo en jarra de hoyuelos. Presenta un color dorado un pelín subidito, nada pálido, y la turbidez característica de las cervezas Keller sin filtrar. Pese a mis tendencias asturianas la cosa no se va mucho de madre, dando lugar a una justa corona de espuma, quizás no muy exuberante, pero sí muy compacta y especialmente cremosa. Persistencia media y color blanco.
En nariz lo primero que me recuerda el aroma es a pan recién hecho y bastoncillos de pan. En boca es una cerveza muy sabrosa, con el sabor a cereal muy intenso y riquísimo, añado. Deliciosa. Un puntito dulce muy suave, cero empalagoso, que me recuerda a la miel. Puntito lupulil tenue y delicado -pero perceptible si llevas varios meses sin beber IPAs- de perfil floral muy agradable, y un amargor final bastante suavete. Entra bastante bien tal y como ha subido el mercurio estas últimas semanas. 5,2%. Me la regaló mi queridísimo amigo Charlie y me la tomo a su salud. Botella de 50cl.
#hopfreeapril
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